“Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes.” Deuteronomio 6:6-7

Al ver crecer a mi hijo más pequeño, me encuentro muchas veces comparando su niñez con los recuerdos propios de cuando yo tenía su edad. De esa manera veo cómo todos los sentimientos y sensaciones se expresan de la manera más pura, más básica -sin que esto se lea como algo negativo-. De hecho, más de una vez me gustaría volver a experimentar esa manera de conectarme con el mundo entero con aquellos que me rodean.

Al decir esto no me refiero a un deseo mío para que el camino propio me sea más fácil o con menos obstáculos, sino lo que realmente me interesa es aquella inimputabilidad con la que los niños se manejan, donde dicen las cosas tal cual ellos las ven, libradas del prejuicio de qué es lo que pueda llegar a pensar el otro. Decía, entonces, cómo al ver a mi hijo recordaba mi propia niñez: En esas edades descubría el mundo con un maravilloso sentido de curiosidad, de preguntarme cómo funcionaba hasta el más mínimo detalle.

Cada nueva persona, cada nueva experiencia era una oportunidad de gran regocijo. Tomaba con la mayor alegría las cosas simples pero más importantes: hacer un nuevo amigo, jugar en el parque, comer mi comida favorita. Incluso en esa época, no temía a la diferencia y uno de los valores más preciosos que tenía como todo niño era el de la aceptación con todo y todos a mi alrededor. Parecía entender sin saberlo un principio fundamental que todos debemos contemplar en su relación con Dios, y es que fuimos creados en amor y por amor al Señor, no sólo para amarnos a nosotros mismos, sino para amar a otros.

“Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos, sin embargo, que cuando Cristo venga seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es. Todo el que tiene esta esperanza en Cristo, se purifica a sí mismo, así como él es puro.” Juan 3:2-3

Por eso, creo que al crecer el mundo nos impulsa constantemente a perder ese grandioso sentido de aceptación y en general, si no estamos atentos, comenzamos indefectiblemente a buscar prejuicios para separarnos y distinguirnos de otros. Esos prejuicios no significan otra cosa que miedo injustificado, temor infundado y un error que en nuestra condición de hijos de Dios debemos evitar. No nos dejemos ganar entonces por aquellas cosas negativas de la vida, nunca perdamos nuestro espíritu de niños.


De la misma manera que cuando éramos niños, sin ser conscientes, aceptábamos el amor de Dios y lo practicábamos con gracia, haciendo que ese amor disipara todos los miedos. Ahora que ya somos más maduros, continuemos esa lección y vivamos con la alegría y esperanza de un niño el amor que día a día el Señor nos regala. Recordemos que Dios nos está hablando siempre, solo queda en nosotros escuchar con atención. Exploremos hoy nuevas posibilidades para vivir con la esperanza de un niño; aprovechemos esta nueva oportunidad que el Señor nos da para amar y abrir nuestro corazón.

“Y te amará, te bendecirá y te multiplicará; también bendecirá el fruto de tu vientre y el fruto de tu tierra, tu cereal, tu mosto, tu aceite, el aumento de tu ganado y las crías de tu rebaño en la tierra que El juró a tus padres que te daría.” Deuteronomio 7:13