“Oíd, hijos, la instrucción de un padre, y prestad atención para que ganéis entendimiento, porque os doy buena enseñanza; no abandonéis mi instrucción. También yo fui hijo para mi padre, tierno y único a los ojos de mi madre, y él me enseñaba y me decía: Retenga tu corazón mis palabras, guarda mis mandamientos y vivirás.” Proverbios 4:1-4

Anoche, mientras ayudaba a mi hija mayor con sus deberes para la escuela -inglés puntualmente- recordé mi paso por la escuela y vinieron a mi memoria las experiencias vividas particularmente en las clases de idioma. La profesora de inglés que enseñaba en mi curso poseía un conocimiento del idioma bastante profundo, me atrevería a decir que, después de ella, no conocí a nadie que tuviera su nivel de vocabulario, pronunciación, acento y conocimiento de la lengua extranjera. Sus clases hubieran sido mucho mejor aprovechadas por mí si tan sólo ella hubiera sido mucho más didáctica.


Me resultaba imposible entender alguna de sus explicaciones, el nivel de complejidad con el que explicaba me superaba tanto a mí como a mis propios compañeros de clase.

“Hijo mío, guarda el mandamiento de tu padre, y no abandones la enseñanza de tu madre; átalos de continuo en tu corazón, enlázalos a tu cuello. Cuando andes, te guiarán; cuando duermas, velarán por ti; y al despertarte, hablarán contigo. Porque el mandamiento es lámpara, y la enseñanza luz, y camino de vida las reprensiones de la instrucción,” Proverbios 6:20-23


Hoy quiero detenerme un momento en la importancia de la palabra a la hora de comunicar, algo que va más allá de la sabiduría con la que contamos. Es de vital importancia que el mensaje llegue al interlocutor de la manera más clara posible, y pensando en esto, me vino a la mente la imagen de Jesús como maestro, impartiendo su palabra con la facilidad de un maestro innato. Jesús es el mejor maestro que haya podido existir: un profesor en constante enseñanza, que usaba parábolas para conectarse con la vida de las personas.

Él hablaba en el lenguaje de la gente porque Él hablaba para la gente y a través de su pueblo. Jesús tocaba el interés de las personas, cubría sus almas de un inmenso amor paternal y de esa manera llegaba a sus corazones al punto que hoy, a través de la palabra, nos habla de una forma especial que podemos entender. A veces, si escuchamos atentamente con nuestros corazones, lo que necesitamos es escuchar y no sólo oír, para poder comprender en toda su dimensión el mensaje de amor, sabiduría y salvación que Él nos quiere hacer llegar.

Somos privilegiados de tener a nuestro alcance la maravillosa sabiduría del mejor maestro que haya existido jamás. El poder de sus enseñanzas, el amor con el que las profesaba y su influencia en cada persona que ha tocado me motivan a cada día a trabajar más fuerte, para que su mensaje continúe tocando cada vez más y más corazones. Hagamos crecer el mensaje del más grande de los maestros, porque a través del él podrá el Señor multiplicarse en los nuevos corazones.

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas.” Deuteronomio 6:6-9