“Entren por la puerta estrecha. Porque es ancha la puerta y espacioso el camino que conduce a la destrucción, y muchos entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida, y son pocos los que la encuentran.” Mateo 7:13-14

Afortunadamente cuento con una gran cantidad de personas a las que considero amigos, y no estoy hablando de conocidos, sino de amigos de los buenos. Entre ellos hay gente con la que me une varios puntos que tenemos en común: ideas, gustos, actividades compartidas; pero también están aquellos otros con los que las cosas que nos unen son pocas o nulas, pero en quienes encuentro valores que infunden un respeto inmenso por ellos.

Con dichas personas es con quienes más seguido se producen los intercambios de ideas o discusiones y, en definitiva, de quienes más me nutro y junto a quienes siento que más crezco como persona. Justamente la semana pasada me encontraba envuelto en una discusión con uno de ellos acerca de la vida eterna. Mi amigo me preguntaba si yo creía en la vida eterna junto a el Señor, a lo que obviamente yo le respondí que sí, que si no lo creyera estaría siendo un hipócrita en muchos niveles: con mis propias convicciones, con mis propios actos y con toda mi familia, quienes muchas veces acuden a mí en busca de un consejo honesto.

Pero también aproveché la oportunidad para preguntarle a mi amigo cómo me vería él si se enterase que he abandonado mi camino en Cristo: más allá de sus propias creencias, ¿cómo se sentiría él al ver que todo aquello en lo que yo creía desaparecía de la noche a la mañana?

“Oí una potente voz que provenía del trono y decía: ¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir.” Apocalipsis 21:3-4


Dejando un poco de lado aquel intercambio de ideas que mantuve con mi amigo y que en nada cambió lo que cada uno piensa, toda aquella larga charla me llevó a repreguntarme muchas cosas con respecto al tema, y fue algo que tomé como ejercicio: poner a prueba mis creencias, pero no por una cuestión de flaqueza de fe o porque la duda me haya invadido luego de hablar con mi amigo. Muy por el contrario, esa charla me motivó mucho más en mi creencia, sentí en mi ser una fuerza desmedida que se vio reflejada en la convicción por todas aquellas cosas en las que verdaderamente creo.

Sentí la necesidad de demostrarme a mí mismo cuán fuerte es mi fe en Cristo, cuán sólidos mis pasos en el camino del Señor y, por sobre todo, cuánto más valor tienen mis palabras, las cuales se ven reflejadas en mis acciones. Es entonces por eso y por miles de razones más que hoy puedo decir que sé de la recompensa que me espera al final del recorrido: la vida eterna junto a Dios.

“Les aseguro —respondió Jesús— que todo el que por mi causa y la del evangelio haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o terrenos recibirá cien veces más ahora en este tiempo (casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y terrenos, aunque con persecuciones); y en la edad venidera, la vida eterna.” Marcos 10:29-30