El sendero parece complicado y hasta por momentos nos aturdimos ante cada decisión que debemos tomar. Apoyarnos en el Señor nos dará la fuerza necesaria para salir adelante y seguir por el camino de redención necesario para lograr nuestra misión.

“La noche está muy avanzada, y el día está cerca. Por tanto, desechemos las obras de las tinieblas y vistámonos con las armas de la luz. Andemos decentemente, como de día, no en orgías y borracheras, no en promiscuidad sexual y lujurias, no en pleitos y envidias; antes bien, vestíos del Señor Jesucristo, y no penséis en proveer para las lujurias de la carne.” Romanos 13:12-14

Muchas veces nos encontramos ante diversas situaciones en la vida: a veces son positivas, otras veces son negativas. Y muchas otras veces, los obstáculos que se nos presentan en el camino son más difíciles de superar que otros, lo que nos desmoraliza profundamente y a la vez provoca que dentro nuestro comiencen a aflorar sentimientos negativos tales como la depresión, la ira, la impaciencia y la falta de amor propio.

Eso, inmediatamente nos hace desear tener una vida más sencilla sin conflictos, miedos y sin angustia. Y es que sabemos que de esa manera la vida sería mucho más fácil, llevadera y amena sin todas esas cosas que nos hacen mal. Imaginar una vida de tales características significaría transitar nuestro camino sin preocupaciones ni miedos, enfocándonos solamente en todo aquello que nos hace bien y que nos brinda esa tranquilidad que tanto anhelamos.

Pero imaginemos, aunque sea sólo por un momento, encontrarnos viviendo esa vida a la que muchas veces aspiramos: no nos preocuparía nada, no nos angustiaría nada, nuestro camino estaría libre de piedras, de obstáculos, de conflictos, pero al mismo tiempo estaría libre de lucha alguna. El deseo de aquello que nosotros creemos que nos hace bien conlleva una renuncia de parte nuestra a luchar contra nuestros miedos y, por ende, dejar de aprender todas aquellas cosas que conseguimos al transitar dichas luchas.

Recordemos entonces cómo habla Dios de su lucha en la Sagrada Biblia, cuando fue enviado al desierto por cuarenta días. En lo personal, no creo que Jesús haya sido enviado al desierto sólo para experimentar en carne propia de qué se trata el sufrimiento. Creo, más bien, que fue enviado para demostrarnos cómo practicar una fe verdadera que nace del sentimiento más profundo de amor y confianza en el Señor. Fue enviado allí no para sortear una prueba o un castigo, sino para darnos un testimonio de cómo convertir la fe en algo tangible, palpable, que se haga acción y obra.

“Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que en medio de vosotros ha venido para probaros, como si alguna cosa extraña os estuviera aconteciendo; antes bien, en la medida en que compartís los padecimientos de Cristo, regocijaos, para que también en la revelación de su gloria os regocijéis con gran alegría.” Pedro 4:12-13

Entonces, de la misma manera hemos sido nosotros enviados al mundo: Hemos sido dotados con el don de la vida, el mayor regalo de nuestro Señor, pero no hemos sido enviados para sufrir, no para ser probados, pero si para vivir. En ese camino, ciertamente encontraremos cargas, tormentas y momentos en los que las dificultades nos pongan sobre la mesa decisiones difíciles de tomar. En esos momentos es donde más debemos recurrir a nuestra fe ya que no nos encontramos solos: Dios siempre estará allí por nosotros.

“Pero resistidle firmes en la fe, sabiendo que las mismas experiencias de sufrimiento se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo. Y después de que hayáis sufrido un poco de tiempo, el Dios de toda gracia, que os llamó a su gloria eterna en Cristo, El mismo os perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá.” Pedro 5:9-10