“Así dice el Señor Todopoderoso: Juzguen con verdadera justicia; muestren amor y compasión los unos por los otros. No opriman a las viudas ni a los huérfanos, ni a los extranjeros ni a los pobres. No maquinen el mal en su corazón los unos contra los otros.” Zacarías 7:9-10

Esta mañana, un ligero contratiempo en el trabajo me hizo reflexionar acerca de nuestra interacción con el prójimo, de cómo nos manejamos dentro de la sociedad actual y también acerca de la importancia que le damos a la presencia de Dios en todo esto. Durante el trayecto de mi casa a la oficina y ya fuera del metro que me lleva a la misma, me sentí como parte de un rebaño que desaforado quiere avanzar hacia el plato de comida que su dueño le sirve cada día.

El ritmo con el que vivimos no es algo sano, nos invita constantemente a vivir en un aceleramiento que no promete buen puerto. Es producto de aquello, una ceguera que no nos permite ver lo que a nuestro alrededor sucede, las cosas que realmente importan y que sí merecen particularmente nuestra atención. Contaba entonces que me encontraba dejando el metro, caminando como parte de aquel rebaño que se dispone a ir a trabajar, cuando veo delante de mí, un oficinista que accidentalmente pisa la mano de un anciano que se encontraba sentado en el piso pidiendo limosna.

Ante tal imprevisto, el oficinista no detuvo su marcha para saber si el mendigo se encontraba bien o para ver si él mismo no había sufrido algún golpe: él sólo siguió caminando apurado, como si eso fuera lo único que importaba, sin preguntarse para qué el apuro o en qué lo beneficiaría. Pero quedémonos con la imagen de aquel mendigo al que el oficinista le había pisado la mano. Inmediatamente al ver lo sucedido, cientos de preguntas invadieron mi mente: ¿por qué no se detuvo el oficinista? ¿qué pensará el mendigo?

Mientras me acercaba al mendigo para ver cómo se encontraba y le ofrecía llevarlo al hospital más cercano, seguía sin poder responderme aquellas preguntas. En tales circunstancias siempre procuro recurrir a la palabra de Dios, puesto que sólo Él comprende como nadie al ser humano y siempre tiene una respuesta para todo.

“Precisamente por eso, esfuércense por añadir a su fe, virtud; a su virtud, entendimiento; al entendimiento, dominio propio; al dominio propio, constancia; a la constancia, devoción a Dios; a la devoción a Dios, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.” Pedro 1:5-7

Entonces medité sobre el asunto y me di cuenta que hemos perdido de vista el real objetivo por el que vivimos, nuestros valores han sido trastocados de a poco por diversos factores que hacen que nos preocupemos más por lograr los propios objetivos, que por lo que le sucede al hermano que está a mi lado. Tales conductas no son dignas de un hijo de Dios, y lo que logran es generar en nosotros sentimientos negativos como la arrogancia y la avaricia.

Recordemos entonces de qué manera Dios nos ayudó cuando nos encontrábamos en busca de ayuda como el mendigo; cómo Dios extendió su mano sanadora y abrió su corazón para cobijarnos cuando lo necesitamos. Les recomiendo entonces que en momento de duda, ustedes se pregunten: ¿Qué haría Dios en este caso?

“Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces? No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta y siete veces ,le contestó Jesús.” Mateo 18:21-22